Árboles negros

Árboles negros

viernes, 3 de febrero de 2012

Claveles

LOS CLAVELES


Por Fernando José Martínez Alderete



Soy Félix Meléndez, y desde que mi primo se fue a vivir a Canadá - hace dos años exactamente, yo vivía solo, triste, como el clavel del cuadro que estaba en la pared de mi estudio de grabación. No era tan bello como los de mi vecina, no. Éste era pequeño y seco, de apariencia igual a mí, habitando entre partituras, violines, un piano y un reloj de péndulo que marca el ritmo del tiempo como un metrónomo a un acorde musical.

Siempre andaba trabajando en convivencia continua con la música, dando clases de violín y piano, andando de la casa a la escuela de artes y viceversa. A veces la vida es irónica; mi mundo exterior en cada jornada de la semana se sumergía en el ruido, la gente y las prisas; sin embargo, el interior de mi alma estaba en silencio.

Uno de mis escasos entretenimientos era asomarme por la ventana de mi departamento durante prolongados instantes: estaba en el primer piso, de la calle Claveles 118. Siempre veía los autos pasando como estrellas fugaces por el asfalto; así mismo observaba a Rosa, la vecina del segundo piso.

Todos los días la dama llegaba de madrugada. Vestida de negro, falda corta, blusa muy ajustada al cuerpo y una flor blanca en su cabello color café; como la tierra que da vida a la naturaleza, la misma tierra que cubre la muerte.

Ella me saludaba desde lejos y guiñaba un ojo siempre que nos veíamos, ya fuera desde la ventana o al chocar en la entrada del edificio. Varias veces tuve la tentación de invitarla a cenar en casa o en algún restorán, quedándome solamente en el intento por timidez.

Justamente en una de esas ocasiones la vi llegar mientras yo salía a comprar cigarrillos: de ojos profundos y azules, piel pálida y delgada como la seda de la mascada que llevaba en el cuello; en su sonrisa se reflejaba la brillantez de la luna. Traía entre las manos otra maceta con claveles blancos. Por fin me animé y le dije:

“¡Rosa! ¿Le gustaría cenar conmigo esta noche en mi departamento?”

La bella mujer contestó: “¡Gracias! ¡Qué amable eres! Hoy no puedo pero Cualquier noche te llegaré de sorpresa con la cena.”

Cierto día, después de ensayar en el piano La marcha fúnebre de Chopin, volví a mis clásicas tardes de contemplación. Rosa subía a su piso con bolsas del supermercado; quizás fueran para preparar la comida que prometió.

La observé atentamente, ocultándome tras las cortinas verdosas del estudio: mi mandíbula estaba completamente abierta, la baba se me escurría al ver su rostro tan hermoso, parecido al cristal; las medias negras le daban un toque seductor al movimiento rítmico de sus piernas esbeltas y torneadas, (eran una invitación a una fiesta de lujuria). Hasta sentí envidia de su lápiz de labios por estar pegado a su boca.

Muchas de las bolsas las dejó en la escalera de la entrada y las subió poco a poco. La primera vez que subió, lo hizo abrazando una botella que parecía ser de vino rojo, la rodeaba igual que si fuera su hombre más deseado, un tesoro invaluable. Después bajó por los demás víveres.

Exclamé en voz alta y melancólica: ¡Así quisiera ser! Acariciado por ella, y dormir en su pecho igual a un bebé.

Diez años sin pareja me afectaron el ánimo un poco; además creo que el tedio de vivir solamente de la música no es para mí. ¡Debo divertirme! ¡Basta de la soledad patética!, pensé.

El tiempo voló hasta hacerse de noche. Decidí salir a buscarla para hablarle, prestarle un disco, usar cualquier pretexto para verla; estaba harto hasta de mí mismo. Volteé hacia su ventana, sólo percibí los claveles rojos y blancos. Su silueta parecía de humo y no se vislumbraba con la luz de una lámpara encendida, en lo que posiblemente fuera la sala.

Mi mente voló, imaginó su aliento cálido en mi piel, su figura camuflándose en la penumbra de mi recámara, su cadera entre mis manos; tan cercanos uno del otro que nos fundiéramos en un beso silencioso, invadiendo minuciosamente cada poro de nuestras mejillas, labios y el resto del cuerpo.

Escuché sus ruidosos tacones caminar con pasos cortos. Bajó con la botella de vino. Al verme esbozó una sonrisa maliciosa que denotaba cierto misticismo. Presentí que esa noche sucedería algo.

Ella se apresuró a decir en un tono pícaro: ¿Me estabas esperando?

Rápidamente mentí: ¿Tienes un poco de café que puedas obsequiarme?

¡Qué horror! Por poco y descubre mis ansias más secretas, Debía dejar que la sensación de una llama apasionada se encendiera en mi corazón; pero con cautela.

Sí, -respondió.

Después de estar jugando un minuto con nuestra mirada dijo: Pensé en llamarte para cenar: Tengo pizza en el departamento, la llevaré al tuyo y cenamos ahí, el mío está muy desordenado. ¡Llévate el vino! Yo iré por la comida, también por tu café. ”

Estar ante su presencia me inhibía. Tenía un encanto arrollador que provocaba escalofríos y emociones encontradas, curiosidad, miedo, ¡quien sabe!

Pasamos a la mesa para degustar la pizza hawaiana, colorida, alegre como la música de Tchaikovski. Una perfecta sinfonía para una noche con una bella chica.

Cenamos en silencio: las palabras sobran cuando unas tiernas miradas transmiten algo más allá de lo que cualquier verbo pueda expresar.

Rosa llevaba su flor blanca en el cabello, seguramente era uno de los claveles de sus macetas. ¡Sería hermoso convertirse en uno de los pétalos para estar entre sus cabellos!

En el aparato de sonido escuchamos un vals de Strauss. La invité a bailar mientras ella servía unas copas para brindar la velada. Danzábamos navegando en las notas del dulce tema y bebíamos un vino seco, un tanto amargo.

Nos devoramos a besos, terminamos en la cama, unidos en cuerpo y espíritu. Después de un par de horas dijo...

-¡Son 580 pesos!

Con el corazón acelerado le grité: ¡¿Eres prostituta?!

Respondió muy ufana: ¡Es una palabra muy fuerte y despectiva! Digamos que soy... una dama de compañía.

Reprimí las ganas de estrangularla y dije: ¡No tengo dinero!

Sacó una navaja de su bolso y la puso en mi cuello. Su cara lanzaba chispas de cólera y expresó: ¡Págame o te mueres!

Intenté golpearla, sin embargo se adelantó a cortarme la garganta. La sangre escurría a borbotones; ella acerco el clavel de su cabello a mi cuello para teñirlo de rojo, se lo acercó a la nariz. Con el rostro triunfante y entre risas dijo:

-¡Me encantan los claveles con olor a sangre, a muerte!, ¡son apasionantes!

Yo caí en el lecho perdiendo la conciencia; en un drama igual al final de una ópera. ¡Juro que deseo olvidar todo esto!

Rosa se marchó contenta.

Ahora estoy aquí enterrado y sin posibilidad de hablar con alguien. Lo último que recuerdo es el ruido de la tierra cayendo sobre la caja. Un sonido cada vez más lejano, una música más ligera pero con un mayor peso de soledad en mi pecho.



Creo que nadie me vino a despedir, nadie lloró, nadie festejó. Bueno, me imagino que sí hubo un festejo: el de Rosa.

¡Es terrible no poder salir! Preferiría ser como los muertos que deambulan por las noches, tristes de que nadie los vea, incapaces de poder abrazar, besar, acariciar. Enojados por no tener cuerpo. No obstante; pueden caminar por encima del tiempo, perderse mirando las nubes, saludar a quién deseen tomando un poco de la energía interna de los vivos; para luego frustrarse más todavía por su incapacidad de tocar a la gente.

Quiero visitar a Rosa para llevarle claveles, aquí huelen mucho a sangre. ¡Que lástima, es imposible escapar!

-¿Me recordarás Rosa? ¿Dejé alguna huella en tu vida?

Pronto las imágenes del mundo y del arte se disolverán en el olvido. Yo no quiero traerte a mi mente mujer, pero lo hago. No puedo hacer nada más aquí abajo.

Resulta espantoso sentir que el cuerpo se descompone, los gusanos como súbditos de la muerte te lo carcomen; y la mente está viva sólo recuerda sin parar…

Ella

Ella me acompaña cada vez que el mar me mira con sus ojos de espuma,


sus brazos me rodean al ver una paloma dormida en un naranjo,

sus labios de luna me transportan al cosmos libre de bruma,

acaricia las notas de una balada que le interpreta a mi oído en tono bajo.



Ella le obsequia al fuego de las fantasías un aliento de amor,

ella es la hora que ahoga la angustia de ser yo mismo,

la que perfuma mi hogar como una flor.



En el viento oigo su nombre,

al descifrarlo, el cielo me da una estrella,

cuando esta cerca el llanto se esconde,

la tranquilidad de mi ser se asoma ante su voz tan bella.



Antes de que llegara me vi obligado a seguir su huella,

la senda estaba trazada por un invisible destino,

ahora solo existo para ella.

martes, 30 de agosto de 2011

Ojos verdes
Fernando José Martínez Alderete
Ojos verdes y lentos que nunca callan
verdes relámpagos dulces llorando andan
mis silencios en tormentas esmeralda anidan
sobre su lucida tristeza las hojas de otoño resbalan.
Son la etimología de un libro viejo que explica el enigma amor
metáfora de besos perdidos entre polvo de estrellas y punzante dolor
montaña donde las águilas buscan un sueño inquietante y liberador
melancolía ansiosa de la muerte que pide ser arrastrada por el mar.
hoy al despertar he descubierto a los tallos de las rosas mirándome
con los ojos nacidos de la tierra sofocada por aquel deseo suplicante
anhelan caricias siempre iluminadas por lunas itinerantes deshojándose.
pinos caprichosos nacen en medio de ríos prohibidos
para los duendes lujuriosos con sangre en los dientes
tus ojos en un parpadeo han despertado amores errantes.

LA POESÍA Y EL INTERNET ROMPEN FRONTERAS

Fernando José Martínez Alderete*

Hace algún tiempo fui invitado por el periodista y promotor cultural Eduardo Estala Rojas a la presentación de una antología poética colectiva, dentro del “Mercado República”, uno de los establecimientos que es un ícono dentro de la ciudad de León, Guanajuato. El objetivo de este evento fue hacer promoción al libro y fomentar el hábito de la lectura en los ciudadanos.

En el libro titulado En la 18 a la 1 (Ediciones Vocesueltas, EUA, 2010) encontré a un poeta que, en mi humilde opinión, es extraordinariamente sentimental y profundo en su modo de escribir: Jorge Luis García De la Fe (Cárdenas, Cuba, 1954), Licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de la Habana. Ha sido profesor de la Universidad de Matanzas de 1981 a 2007 y en el Instituto Pedagógico Superior “Juan Marinello”. Hijo de una familia de bajos recursos. Emigró a los Estados Unidos en el 2007.

Actualmente enseña Gramática Española en el Centro Romero y en Saint Agustine College en la ciudad de Chicago, Illinois. Ha publicado artículos literarios en revistas culturales de su país como: Universidad de Matanzas y Revista Yumurí, entre otras. Además ha publicado un poemario llamado Chicago es mi batey. Entre los poemas que destacan: Ausencia y Memorándum.

Hombre alegre y amable, que por la belleza de sus textos, nació en mi la inquietud de entrevistarlo y gracias al internet y la red social Facebook pude lograrlo desde León, Guanajuato.

Fernando Martínez: ¿Qué significa para ti escribir?

Jorge García: “Para mí escribir es un encuentro conmigo mismo, con mis sentimientos; es una experiencia de autoconocimiento y de autorrealización”.

FM: ¿Cómo nació tu gusto por la lectura?

JG: “Desde mi más temprana infancia sentí esa necesidad. Para mí era un placer que la maestra en la escuela me encargara hacer una composición escolar. Siempre me ha gustado leer, conocer lo que los autores pensaban de la vida, de la naturaleza, de la sociedad, de sí mismos: verificar sí esas concepciones coincidían con la mías. La literatura es un acto lectura de la vida, del mundo. Comencé con “Platero y yo”, “Robinson Crusoe”, entre otros. Actualmente soy fanático de Borges, Rulfo, Cortázar, García Márquez, y de la obra narrativa de Leonardo Padura Fuentes, mi ex compañero de la Universidad de La Habana”.

FM: ¿Qué tan complicado fue para ti iniciar o sobresalir como poeta en un país como Cuba?

JG: “En Cuba no soy conocido nacionalmente, sólo en la provincia de Matanzas, en Cárdenas y en mi pueblo natal que se llama Máximo Gómez. Fíjate que recientemente visitó Chicago un importante escritor cubano que se llama Pablo Armando Fernández, y para él fue una revelación mi poesía; me lo dijo personalmente, lo cual me honra mucho”.

FM: ¿Cuándo empezaste a escribir, tenías en la mente escritores a los que querías imitar?

JG: “Por supuesto, a Martí, Darío, Bécquer, Tagore, Amador Nervo, José Ángel Buesa, Carilda Oliver, Dulce María Loynaz, Neruda, Vallejo, Huidobro, Nicolás Guillén, Miguel Hernández, Antonio Machado, Benedetti, Luis Cernuda y más”.

FM: ¿Cómo es la rutina de de Jorge Luís García De la Fe a la hora de crear un poema?

JL: “Escribo generalmente de noche; el invierno y el otoño me inspiran más. Cuando empiezo un poema no sé, a ciencia cierta, cómo lo voy a seguir ni cómo lo voy a terminar. Un sentimiento, una emoción es la chispa que desata esa reacción química incontenible que me consume de pies a cabeza en el acto de la creación.”

FM: ¿Cuál fue la inspiración de tu poema “Ausencia”?

JG: La involuntaria separación de la única relación estable que he tenido.

FM: ¿Qué palabras le dirías a alguien que está comenzando en la Literatura, y que ha decidido ser poeta y en un país como México, donde el hábito de lectura es poco?

JG: “Es muy importante leer a los clásicos de todos los tiempos y a los escritores contemporáneos, y no creo que sea un pecado comenzar imitando modelos que son una referencia muy importante para uno; pero lo más importante es encontrarse con uno mismo”.

FM: ¿Cuáles son los temas más destacados en tu obra poética?

JG: “La soledad, el amor, el milagro de la naturaleza, la belleza de los seres humanos, el desarraigo del exilio. Soy una persona muy sensible a todo eso”.

FM: Gracias por tu amabilidad. Recomiendo ampliamente el libro.

*Fernando José Martínez Alderete: Licenciado en Comunicación por la Universidad Iberoamericana León. Originario de León, GTO. cleopin_77@hotmail.com

jueves, 8 de julio de 2010

Te pertenezco

Te pertenezco enteramente como el árbol a la tierra,

soy tu almohada llena de ternura y de voces del aire,

soy como el tiempo detenido que anida en tu vientre de cielo,

te pertenezco semejante a una rama seca tirada a la hoguera.



El amor es un castillo en la playa,

somos agua y arena,

aves en el horizonte.



Me siento igual a un barco perdido sin el mapa de tus manos

una planta agonizando sin la luz de tus hombros entre mis dedos,

tinta que aguarda la majestuosa blancura del papel,

y tú eres la gran historia que acaba de nacer.



Te pertenezco más allá de todo cuanto somos,

hay un pacto eterno entre nosotros,

amarnos es nuestra promesa.

domingo, 7 de marzo de 2010

Préstame tu silencio

Fernando José Martínez Alderete

Préstame tu silencio, dulce refugio en el que mi voz se expresa sin perder el sentido de mi mensaje.

Préstame tu silencio, para saber esperar la certidumbre mágica de la potencia que emite un bello roce de tus labios, sin que mi voz desesperada estorbe al flujo de energía amorosa vaciada en el contacto más perfecto de dos bocas.

Préstame tu silencio, para convertirte en el vaso de oro donde recibas mi amor sin exigirte nada, dejando que la ley de la ternura se ponga en acción por si sola.

Préstame tu silencio, de ese modo imprimiré en mi mente un pensamiento revitalizador que impulse a mi cuerpo a creer en mis sentimientos.

Préstame tu silencio transformando mi verbo más cálido en la caricia más suave, gozare de entregarme a ti en el sentir, evitando hablar para aprender a amar.

Préstame tu silencio, así es fácil crear un nuevo modo de amarme a mi mismo, abandonando mi propio placer, encarnándome en ti, siendo una risa viva y satisfecha en tu vida.

Préstame tu silencio, me encantaría explorar el paraíso de tu corazón, omitiendo las palabras que sobran, haciendo del tacto una vocación y del beso un lenguaje permanente.

Me resulta difícil callar tantas formas de seducirte, Me resulta difícil callar tantas formas de seducirte que es necesario el silencio y en consecuencia la magia aparecerá.

Conversar con Dios

Fernando José Martínez Alderete
Estudiante de comunicación UIA León.

Llega el tiempo de cuaresma, muchos piensan ¡Viva, vacaciones a la vista! ¡así nos podremos liberar por unos momentos de las cargas del semestre! Eso tiene solamente una parte de verdad.

El periodo de descanso obligatorio que nos ofrece la semana santa, es una oportunidad para ejercitar la capacidad de amar, es cuando el espíritu y la conciencia humana deben trabajar en el conocimiento de la dulzura de Dios para sus criaturas presente en el Señor hecho hombre.

Es verdad que se nos ha dicho que debemos reflexionar en esta temporada más que en ninguna otra en el sacrificio de Cristo, el dolor de su cruz y nuestros pecados. Sí, debemos hacerlo, pero creo que podríamos enfocarnos mucho más en meditar sobre la grandeza de la misericordia divina, en encontrar la paz, el amor cada día a través del agradecimiento por todos los dones que recibimos del Espíritu Santo por medio de Jesús, reconocer su bondad en cada instante.

Me gustaría hacer una invitación a la humanidad a introducirse en meditación, buscar la presencia del altísimo en la oración, en la contemplación maravillosa de la encarnación muerte y resurrección de su hijo para enseñarnos la bendición que tenemos al contar con su apoyo, instrucción consuelo y salvación incesantes en nuestras debilidades.

A muchas personas les causa cierto miedo meterse en el interior de la conciencia; teme descubrir cosas desagradables de su comportamiento que le generen culpa y prefiere evitarlo. Pero ese sentimiento es mejor entregarlo al Señor transformándolo en ayuda para los más necesitados; ver el regalo del Verbo de Dios en la imagen de todos los hombres, visitando a un anciano en soledad, a un enfermo, rezando con él o tomándote el tiempo de escuchar a los que te rodean y muchas cosas sencillas más.

Practiquemos esto, preparemos nuestro corazón para la alegría de la vida eterna que se nos muestra cuando el Hijo del Hombre vence a la muerte.

Aprovechemos este tiempo para hablar con Él de una manera sincera, afectiva y entregada. Para eso nos sirven las vacaciones, así ningún asunto podrá intervenir en nuestra conversación individual con nuestro redentor.

Hacer las cosas con amor es la mejor acción de gracias que podemos dar.