Árboles negros

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martes, 1 de diciembre de 2009

Lo más humano de la cocina

Lo más humano de la cocina

Eran Las 4:30 de la Mañana, el insomnio me asaltó, la penumbra entonaba sus lánguidos quejidos en busca de compañía, lo podías oír en el agudo tono de los grillos. La niebla dejaba ver esa tenue geometría de la luna acunando a una sirena que contaba fábulas sentimentales.
Seguía pensando en ella, me levanté a cocinar para matar el tiempo.
El duende de hielo saludó a mis pies en cuanto Salí de las sabanas, me puse una bata gruesa y suave para esquivar su voz. Pisaba las escaleras que rozaron mis pasos tan desdeñosamente que de pronto su última y forzada caricia que le dejó a mi barbilla se insertó en mi remembranza.
Al abrir el refrigerador aquella presencia fría de sus memorias me perseguía, los recuerdos de la mujer que amaba estaban rotos como la manija de ese mueble muerto que me amenazaba con su escarcha.
Pensé con optimismo que nuestra relación fue como preparar comida.
Quedamos como amigos después de una intensa plática, donde observamos todos los ingredientes deliciosos, malvaviscos coloridos, llenos de diversión, un amor a fuego, tan pegajoso como el queso y miles de sensaciones bellas que hubo en nuestra unión, de ese modo haríamos uso de la creatividad para mezclar y comer algo nuevo.
Fue como extraer el néctar de las palabras en una fruta acida, sin que escape una gota, difícil, nuestro zumo de la fe en el otro se secó, quedaba un poco de la cascara de la ternura, ligeramente rugosa por los deseos omitidos que nunca expresamos por miedo a lo que podríamos decir el uno del otro, pero empezaba a saber amarga por tanto silencio a destiempo.
Muchas discusiones, besos, perdones y noches juntos, toda esa labor para darnos apetito, sed, sueño, algo, una causa para necesitarnos.
Nos sentíamos parecidos a lechugas que hay que desinfectar de rencores, deshojarlas de prejuicios y paradigmas para disfrutar de nuestra esencia malgastada.
Nada se pudo lograr, fue mejor así, no pudimos olvidar como nuestra piel cálida y compartida se nutria del hervor feliz y ruidoso de otro ser tatuando los huesos.
Necesitábamos azúcar para entendernos, sal para no obsesionarnos, pero se nos pasó la mano, perdimos el sabor del amor, con el picante de la aventura. Cortamos nuestra carne, lesionando nuestros corazones, los tiramos ya podridos, pero aún así somos amigos. Igual al café, sabemos que trastorna pero nos agrada su degustación fuerte en los labios y queremos beberlo a menudo.
Me regocijo de haber disfrutado en su cama de sueños dulces horneándose como pasteles en los momentos en que sobraba azúcar, sal y levadura de pasión.
Hoy sólo me queda un gran olor a miel de esperanza por un nuevo amor.
Regreso a la cama pensando en el banquete de la alegría para mañana.

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